Super, hiper, mega

Ya no estamos ocupados, estamos super-liados. Ya no vamos al mercado, vamos al hiper-mercado. Ya no nos vale con ser buenos en lo nuestro, necesitamos ser mega-rápidos, ultra-eficientes y champions también, my friend.

Hace un par de semanas unos amigos organizaron una comida para celebrar el cumpleaños de su hija mayor. Lo estábamos pasando bien, risas, chascarrillos y anécdotas a pesar de que la homenajeada protestaba a ratos porque al día siguiente tenía examen de historia, la revolución industrial. Como somos una pandilla de gamberros la vacilamos mucho, pero donde las dan las toman así que la vacilada nos devolvió el envite. Saliendo del salón para dar un último repaso a su examen nos dice “Bueno, me voy a seguir con la revolución industrial, mientras, si os parece,  os dejo pensando con qué nombrecito nos estudiarán a nosotros en el futuro.  Ya me contareis”.

Por supuesto que nos pareció.  Entre unos y otros empezamos a soltar nombres: postmodernidad, new age, era de la información, del conocimiento, sociedad líquida, sociedad de la abundancia, sociedad globalizada … Posiblemente sea difícil definir la identidad de una época desde dentro, posiblemente la identidad no sea una sino un puzzle de piezas que buscan su encaje, o posiblemente la cuestión sea que hemos creado una sociedad superlativa, obesa y excesiva.

Excesos como la euforia, la depresión, la multitarea, la perfección, la superabundancia, el consumismo, y las adicciones de la parte “desarrollada” del planeta caen pesadamente sobre nosotros. Según el filósofo Byung-Chul Han toda época tiene sus enfermedades emblemáticas que responden al paradigma de la sociedad de ese momento. Las patologías que acompañan al siglo XXI son las neurológicas provocadas por un exceso, el exceso de positividad. La sobreabundancia, la superproducción y el superrendimiento nos fatigan convirtiéndonos en una sociedad cansada.

Los excesos no nos sientan bien. En un escenario super-hiper-mega nos perdemos en la indecisión, nos falta tiempo para satisfacer nuestra curiosidad o para saber qué nos la despierta, nos olvidamos de ser amables porque dejamos de tolerar el error, estamos ansiosos, con prisa por estar en todo sin poder profundizar en nada, ciegos y de puntillas, desorientados en el laberinto del disparate.

El neurocirujano Henry Marsh en una entrevista con La Vanguardia  ofreció un valioso regalo a esta sociedad. Su deseo de “entender cuál es el sentido de la vida y cómo debemos vivirla” le ha guiado en la exploración de territorios comunes a todos nosotros, el sufrimiento, la lástima, el error, la honestidad, la experiencia, el riesgo y el amor. Su conclusión rebosa de vidas y de sabiduría cálida y armoniosa, “sin la familia y los amigos no puedes tener salud mental. Y sabemos que la ruta más fiable hacia la felicidad personal es hacer felices a otros”. Sencillo, sin excesos, sin superlativos.

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